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Adiós Carmela Pestana

Carmela Pestana y su imperio de Guguy

El pueblo de San Nicolás despide a la ‘alcaldesa’ de la mítica playa aldeana – Carmen Díaz se confesaba “una ermitaña” con don de gentes.

Fuente: laprovincia.es  

Foto: Carmela Pestana en agosto de 1999. | josé carlos guerra

El pasado lunes fallecía Carmen Díaz, conocida en La Aldea como Carmela Pestana, uno de los personajes sin los que no se entiende medio siglo de vida en Guguy, “el otro mundo” del municipio. Sus restos reposan de nuevo en su particular paraíso, del que se erigió ‘alcaldesa’ por derecho propio.

JUANJO JIMÉNEZ. LA ALDEA DE SAN NICOLÁS.

Y a meterse al mar, bajando a la playa después visitar a Carmela Pestana, la del barranquillo, y a comer su gofio, su gofio de millo y tunos y plátanos bien maduritos… (Carlos F.)

Carmen Díaz, más conocida como Carmela Pestana, falleció el pasado lunes y sus cenizas reposan en Guguy, “ese otro gran mundo de La Aldea de San Nicolás”, como lo define el alcalde de la localidad, José Miguel Rodríguez, y que llegó a fundirse con aquellos barrancos “hasta ser la misma cosa”.

Díaz reinaba en los taliscos de la Medialuna, Guguy Grande y Guguy Chico, especialmente a partir de los años 90 cuando la entonces Caja Insular de Ahorros adquirió los terrenos y destacó de guardiana a la aldeana en aquel paraíso que la vio nacer. Durante décadas habitó en la misma casa, al filo de lo prehispánico, de piedra seca, barro, vela y quinqué, que la vio nacer, en un cuarto de piedra que luego ella convirtió en cocina.

Esposa del recordado Pepe Segura, también fallecido recientemente, Carmela erigió en Guguy su mayordomía, donde dejaba su impronta entre los intrépidos a mochila que bajaban las degolladas para aislarse en aquel fantástico trozo de barranco y Atlántico.

A más de dos horas del siguiente punto habitado, Tasartico, en un camino de gradiente vertical, Carmen Díaz surtía a la visita en acampada con una pequeña tienda de fortuna, que guardaba en las alacenas las estratégicas vituallas que sabía faltarían antes o después en los macutos de los expedicionarios.

Y cuando no tenía el género, brincaba a Tasartico con idéntica diligencia que el que baja al súper, igual a buscar cinco botellas de rones, que triplicaban su precio del viaje, que una garrafa de aceite.

De general alegre y acogedora, también tenía su café y no se mordía la lengua. Antinudismo acérrima, acogió a principios de los años 90 una suerte de colonia de desintoxicación, que manejaba con autoridad y sin concesiones ñoñas al que se saliera del plato.

Unas pescas, un horno de pan, unos frutales y una surtida huerta. Y las cabras, que de vez en cuando le daban un disgusto cuando se comían las lechugas de su vecino Carmelo, todo ello en un pago que se encuentra aún como así lo trajo el mundo y con un censo de no más de ocho personas a todo meter que formaban parte de un ecosistema propio, una república de Guguy intrínseca a su encanto.

En una entrevista realizada en agosto de 1999 y publicada en Diario de Las Palmas se confesaba “una ermitaña, alejada de todo”, pero que no renunciaba a la gente. Fue criada por sus abuelos, tras perder a los padres muy de niña y prefería la luz de las velas al guineo del motor de gasolina. No sabía leer. Tampoco escribir y, con todo, mantenía un archivo mental de más de 60 poesías de cosecha propia, que atesoraba con mayor confianza en su memoria que en las cuartillas mecanografiadas que le escribió un evangelista.

Carmen se afanaba en las situaciones de peligro, habituales en la zona, participando en los rescates y avituallando al personal. El alcalde de La Aldea afirmaba ayer que “nunca oí hablar mal de Carmela”. Que era “de trato cercano y directo”, y que lo pasó mal en sus últimos meses de vida, ya refugiada por la enfermedad en La Aldea de San Nicolás. Allí murió, en Tarajalillo, apenas una escala técnica para volver a reinar, desde sus cenizas, en su fabuloso imperio de Guguy.

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