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La lógica del miedo y el miedo a la lógica

* Por Manuel Ángel Santana Turegano

En los tiempos de crisis que corren es bastante habitual encontrarse, tanto en las declaraciones de los políticos como en los análisis de los articulistas, con discursos acerca del sombrío panorama económico que nos espera. En línea con las demandas de recorte del gasto público se plantea que debemos apretarnos el cinturón. La economía ha vivido en una burbuja irreal, por encima de nuestras posibilidades, y la crisis nos hace enfrentarnos a la dura realidad. No somos tan ricos como pensábamos, así que no nos queda otra que renunciar a nuestros “caprichos de niños ricos” como el Estado del Bienestar, las vacaciones pagadas o la baja productividad. Lo que plantearé en estas líneas es que dicho discurso es absolutamente falaz. Nuestras sociedades no tienen problemas económicos, sino de distribución social de la riqueza. Y el objetivo de estos discursos que se presentan como análisis económicos rigurosos e imparciales es meramente ideológico, es decir, se trata de creencias que sirven para legitimar los intereses dominantes y justificar la creación de una sociedad cada vez más desigual.

Aristóteles distinguía entre la economía y la crematística. La primera, del griego eco (casa) y nomía (norma) significa literalmente “normas para la adecuada gestión de la casa”. La segunda, que es lo que actualmente tendemos a identificar como “economía” es un conjunto de obtusos conocimientos esotéricos orientados al crecimiento del dinero. Pues bien, aplicando esta distinción es innegable que nuestras sociedades tienen problemas crematísticos, pero no se deriva de ello que tengan problemas también económicos. Cuando se afirma que la economía está estancada o que no crece lo que se está afirmando en realidad es que el PIB no crece, o lo hace a un ritmo muy bajo. De hecho, hay teorías que plantean que es necesario que el crecimiento del PIB alcance determinados umbrales para que repercuta en el conjunto de la sociedad vía la creación de empleo. El PIB no es más que el valor monetario de todos los bienes y servicios que se producen en una economía. Aunque el uso del mismo como indicador del nivel de vida de una sociedad ha sido ampliamente criticado de momento lo daremos por válido. Sabiendo que el PIB está prácticamente estancado, ¿podemos afirmar por tanto que nuestras sociedades tienen problemas económicos? El pensamiento dominante plantea que así es, y que ello pone en peligro la supervivencia de nuestro Estado del Bienestar. Para los defensores de este punto de vista nuestra economía es ineficiente y poco productiva. Se afirma con frecuencia que tenemos un exceso de trabajadores públicos que cobran mucho y producen poco, y por eso es necesario hacer recortes en Sanidad, Educación y Servicios Sociales.

El valor monetario de todos los bienes y servicios que se producen en la actualidad en un año en España dividido entre el total de habitantes del país (el PIB per cápita) ronda los 30.000 euros. Si hiciéramos un ejercicio de política ficción e imagináramos que vivimos en un estado totalitario que una vez producida la riqueza la repartiera entre los habitantes de forma absolutamente equitativa entre los habitantes ello implicaría que a cada española/a le tocarían esos más o menos 30.000 euros. Es decir, que los “supuestos privilegiados” que trabajan en lo público se quedarían más o menos igual (el salario medio de un empleado público ronda esa cantidad). Muchos jubilados, niños, y trabajadores precarios mejorarían sus ingresos anuales

en varias decenas de miles de euros. Y una cuantas personas que ganan varios cientos de miles de euros al año los verían disminuir en varios cientos de miles. Con este ejercicio de política- ficción pretendo tan sólo justificar la afirmación anterior: nuestras sociedades no tienen un problema económico, no es que no haya riqueza suficiente. Lo que tenemos es un problema de distribución social de la riqueza, de estructura social. La apuesta por el crecimiento del PIB como orientación obligatoria de toda política se basa en la idea de que, en el reparto social de la “tarta de la riqueza”, si hacemos una tarta más grande los más pobres podrán obtener un trozo más grande del pastel sin que ello implique necesariamente que los más ricos tengan que contentarse con pedazos más pequeños. A nivel global el crecimiento económico se plantea como la vía para que los pobres (China, India, África) puedan tener un pedazo más grande sin que los ricos (Europa, USA) renuncien a lo que ya tienen. A nivel local, el crecimiento es la vía que permitiría, por ejemplo, que Isac Andic, presidente de Mango, y del Instituto de la Empresa Familiar, que recientemente se pronunció a favor de la idea de que “tendremos que apretarnos el cinturón” pueda mantener su nivel de beneficios sin tener que despedir o pagar menos a sus trabajadoras/es.  En definitiva, una breve reflexión acerca de lo que significa el PIB, de los niveles que éste ha alcanzado en muchos lugares del mundo y de la obsesión por el crecimiento del mismo basta para enterrar la idea de que debamos apretarnos el cinturón porque no haya suficiente riqueza: lo que sucede es que está muy desigualmente repartida.

La lógica del miedo se ha instaurado en el discurso empresarial y político. Para “contentar a los mercados” (ejemplo de libro del concepto de reificación) debemos renunciar a nuestros derechos sociales y despedir trabajadores públicos. Tras Grecia vendrá Portugal y finalmente España. La lógica del miedo tiene miedo a la lógica. Llamemos a las cosas por su nombre: no es que tengamos que contentarnos con una porción más pequeña del pastel porque éste sea pequeño, sino porque hemos aceptado que “los mercados” se lleven una parte tan grande que tan sólo nos quedan las migajas. Weber diferenciaba entre lo que denominaba “racionalidad instrumental o económica, que trata de la adecuación entre medios y fines, y la racionalidad respecto a valores, que tiene que ver con la política. Con los constantes esfuerzos por despolitizar la economía en realidad lo que hemos hecho es contentarnos con que sean otros los que establezcan los fines y aceptamos discutir tan sólo acerca de lo accesorio. La “economía” se ha complejizado matemáticamente y se ha convertido en un conocimiento esotérico que pretendiendo ser apolítico es profundamente político e ideológico en la medida en que legitima el reparto desigual de la riqueza: aceptamos que sólo podemos discutir acerca del cómo incrementar la riqueza, el reparto de la misma queda fuera del debate. Y no es que esté abogando por un reparto u otro de la riqueza, tan sólo reclamo que ésa debe ser una cuestión a discutir socialmente. En Sociología son clásicos, aunque no por ello menos controvertidos, los estudios de Davis y Moore acerca de las funciones que cumple la desigualdad social. Cualquier manual de introducción a la sociología plantea que en todas las sociedades conocidas siempre ha existido algún tipo de desigualdad social, pero eso no implica, ni mucho menos, que una determinada forma de desigualdad pueda considerarse como natural: ha de estar siempre sujeta a debate social, y éste no puede verse atenazado por la lógica del miedo.

El discurso del miedo tiene miedo a la lógica. Gramsci definía la hegemonía cultural como el proceso mediante el cual las clases dominantes lograban imponer sus propios valores,

intereses y formas de vida al conjunto de la sociedad. El discurso economicista, que mediante complicadas fórmulas matemáticas pretende revestirse de una legitimidad “científica” de la que epistemológicamente carece, es en la actualidad un instrumento de hegemonía cultural.  Pretende presentar lo que en realidad debería ser el fruto de una elección y decisión política (optar por el crecimiento del PIB a toda cosa) como una cuestión técnica, una mera decisión acerca de cuáles son los mejores medios para lograr unos fines que se dan por descontados, sobre la que sólo deberían de opinar los “iniciados” (los economistas formados en la escuela de pensamiento neo- liberal). Y al hacer así, nos roban la capacidad de debatir sobre lo verdaderamente importante: qué fines queremos perseguir como sociedad. La elección tiende a presentársenos en los siguientes términos: “nosotros, los que sabemos de economía, advertimos al pueblo ignorante. O aceptamos un empeoramiento de nuestras condiciones de vida, vía reducción del gasto público, o nos enfrentaremos en un futuro a un empeoramiento aún mayor de nuestras condiciones de vida debido a la pérdida de competitividad”. Es la lógica del miedo. La lógica nos dice que existen estudios  que plantean que podríamos aumentar la deuda pública y dejar caer la banca sin que eso repercutiera negativamente en la economía real. La lógica nos dice nos dice que durante casi todo el siglo XX algunos de los países más “competitivos” han sido algunos de los países que más gasto público y menor desigualdad social han tenido. Por eso la lógica del miedo tiene miedo a la lógica. Desterremos el miedo y apliquemos la lógica: la economía no puede quedar nunca al margen de la discusión política. Porque si hay una decisión que sea intrínsecamente política es la de cómo distribuir socialmente la riqueza que se crea en una sociedad. Las políticas que pretenden rescatar a la banca a costa de recortes sociales plantean un nuevo reparto social de la riqueza, y por más que se pretendan presentar como beneficiosas para toda la población en realidad benefician mucho a unos grupos sociales y perjudican a otros. Frente al discurso economicista y mistificador al respecto es necesario recordarlo: las políticas económicas nunca son meras decisiones técnicas sino decisiones, implícitas o explícitas, acerca de qué mundo queremos para el mañana.

Manuel Ángel Santana Turégano.  Doctor en Sociología, Profesor de la Universidad de La Laguna y Secretario del Comité de Investigación en Sociología Económica de la Federación Española de Sociología

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