Óscar Pérez quedó herido en una precaria repisa del Latok II

“Nos dejamos la piel en el rescate, pero perdimos”

SEBASTIÁN ÁLVARO 13/09/2009 . El País. es

El pasado agosto, el oscense Óscar Pérez quedó herido en una precaria repisa del Latok II, uno de los ‘sietemiles’ de la cordillera del Himalaya. A partir de ese momento comenzó un complejo plan de salvamento. Tácticas, riesgo, negociaciones al más alto nivel y un equipo que trabajó contrarreloj para evitar la tragedia. No fue posible. Óscar se convirtió en uno más del medio centenar de escaladores desaparecidos este año en la alta montaña. El coordinador de este rescate frustrado lo cuenta en primera persona para ‘El País Semanal’.

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El Gran Cañón del Indo es uno de los lugares más estremecedores de la Tierra”, insistía a mis amigos. Y les recomendaba que lo vieran por la ventanilla del autobús que nos llevaba a Skardú. He recorrido esta carretera, la Karakorum Highway, unas 70 veces. Pero este agosto era la primera que lo hacía con familia y amigos, de vacaciones. Aunque elegí al conductor que me parecía más prudente de Gilgit, todos llevaban el alma en un puño: cualquier descuido resulta fatal en esta ruta y raro es no coincidir con un accidente. Aquel 6 de agosto no fue excepción: un autobús con 35 personas se salió en la zona llamada “la batidora”. Sólo uno de sus ocupantes, que se tiró en marcha, pudo salvarse. Del resto, incluido el vehículo, no quedó rastro. Nos habíamos levantado al amanecer para gozar con la espléndida visión de la mole del Nanga Parbat teñida de dorados, malvas y platas, dominando el desnivel más colosal sobre la superficie terrestre. No imaginaba que ese mismo amanecer era vivido por dos alpinistas españoles de forma muy diferente. Y no muy lejos de donde nos encontrábamos.

 

 

La cuerda se desplazaba y amenazaba con desprenderse. Los dos alpinistas esperaban el tirón definitivo al abismo

 

Nuestra situación es una putada. No tenemos posibilidades, pero a pesar de todo debemos intentarlo

 

Concluimos suspender el rescate de forma natural. Es una de las decisiones más dolorosas que he tenido que tomar en mi vida

Álvaro Novellón y Óscar Pérez, dos jóvenes y experimentados alpinistas del club Peña Guara de Huesca, se hallaban en ese momento a 7.000 metros de altitud, ateridos de frío y viendo salir el sol con la esperanza de que mitigara la gélida noche. Era su quinto día de escalada, llevaban un mes de expedición y tenían la cumbre del Latok II (7.108 metros) al alcance. Pensaban alcanzarla, para iniciar el descenso rápidamente, y yo pensaba llegar a comer a Skardú, capital del Baltistán, puerta de las expediciones que pretenden escalar o caminar por el Karakorum, el lugar de mayor concentración de altas cimas del planeta y, para mí, el espacio montañoso más bello. Y, en efecto, ellos dos recorrían, justo entonces, los últimos 15 metros que les separaban de una de las más esbeltas y difíciles del Karakorum: el Latok II, cerca del glaciar de Biafo. Imposible imaginar que me vería involucrado en la dramática aventura que se gestaba.

 

Días más tarde, cuando todo había pasado, Novellón me contó lo sucedido mientras nosotros recorríamos los 165 kilómetros del Gran Cañón del Indo: “Paramos de escalar a eso de la una y media o dos de la madrugada. Nos quedamos a unos 7.000 metros. Menos mal que habíamos subido un infiernillo y pudimos hacer sopa. Pero fue una tortura, porque el cabrón del cacharro se apagaba a cada rato. Logramos deshacer nieve y beber unos dos litros de sopa, pero no dormir. Yo no pasé mucho frío, pero Óscar se quejó más de las manos. Estuvimos dándonos masajes en los dedos y moviéndolos para mitigarlo; a pesar de la altitud y los días que llevábamos en la pared, fue una noche tranquila. Apenas hablamos”. Esos instantes de soledad compartida forjan la amistad más sólida y necesaria en montaña. Bajando de la cumbre del Latok II por unas placas de nieve en malas condiciones, Óscar cayó al vacío y arrastró a su compañero. De esas caídas que se recuerdan con la certeza de que ha llegado tu final. Pero no fue así. La cuerda mordió la nieve y frenó a los dos alpinistas. Óscar había volado 50 metros, y Álvaro, nueve. Cada vez que éste se movía para tratar de asegurarse, la cuerda se desplazaba y amenazaba con desprenderse. Esperaban el tirón definitivo al abismo. Álvaro logró colocar un clavo muy precario en el hielo; aunque quizá no habría aguantado otro tirón, le permitió llegar a una zona de roca y asegurarse en condiciones. No supo decirme cuánto tiempo había transcurrido. Luego cortó parte de la cuerda y al no poder recuperar a su compañero rapeló hasta él. Óscar se había quedado colgando en un extraplomo. Tenía fracturadas una pierna y una mano. No podía moverse. En un rápido análisis, llegaron a la conclusión de que no tenían más posibilidad que la de que Álvaro fuera a pedir ayuda. El único teléfono satélite se encontraba en el campo base, no disponían de material para plantearse otra retirada, y una persona sola no tenía opción de cargar o desplazar a Óscar por la pared. Era la única opción. Álvaro escaló hasta donde conservaban la tienda y regresó a la mañana siguiente para dejarle aquello de que disponían: dos sacos ligeros de dormir, una funda de vivac, dos cartuchos y medio de gas y algo comida. Le dijo que iba a buscar ayuda. Y que volvería a por él. Probablemente no olvide nunca esas palabras. Así comenzaba una carrera contrarreloj por salvar la vida de su compañero. Analizando lo ocurrido con cierta perspectiva, resulta increíble que Álvaro sacara fuerzas para acometer el descenso de la parte más difícil de la pared, un corredor de nieve y hielo de 1.200 metros de desnivel, sin casi material y tras una semana escalando en terreno muy difícil, asumiendo mucho riesgo, con hidratación y alimentación insuficiente y estrés al límite.

 

Al mediodía del 9 de agosto paramos en Khaplu y pedimos una coca-cola y unas patatas fritas. Siempre que vamos a Hushé lo hacemos. Aquí acaba la “civilización”: la carretera asfaltada, las comunicaciones, los moteles y casas de comida. Un mensaje entró en el teléfono. Mi amigo Alberto Ayora pedía que me pusiera en contacto con Lorenzo Ortas, del club Peña Guara, para ayudar en el rescate de Óscar. Acordé con Lorenzo llevar la coordinación desde Skardú para evitar duplicidades u órdenes contradictorias. A la mañana siguiente contacté telefónicamente con la Embajada de España en Islamabad, con Askari, la empresa privada de altos cargos militares intermediaria en la gestión de helicópteros, y con Ramón Portilla y Álvaro Corrochano, que iban a escalar el Layla Peak. Montamos el cuartel general en el motel Concordia de Skardú, bajo un sauce llorón que domina el valle del Indo. Bajo ese árbol, el único lugar donde hay cobertura de móvil y satélite, pasé buena parte de los 11 días siguientes.

 

Lo primero que hice fue hablar con Álvaro en el campo base. La situación no podía pintar peor. Pero traté de transmitirle optimismo. Contacté con nuestro embajador en Islamabad para solicitar una persona que hablase urdu y sirviera de ayuda e intérprete en negociaciones delicadas. Iftijar, hijo de española y paquistaní, fue la respuesta perfecta. Ese mismo día logramos que volaran un par de helicópteros Lama con Portilla y Corrochano, quien se quedaría en el campo base para acompañar a Álvaro mientras Ramón realizaba un primer reconocimiento de la montaña. Éste trajo una primera impresión del rescate. No podía ser más negativa. “Si los pilotos no han querido aterrizar hoy en un lugar que nosotros consideramos fácil, nos podemos olvidar de que nos dejen en el collado a 5.800 metros. Y mucho menos que se acerquen a la repisa, que debe rondar los 6.400; y aquí, como bien sabes, no se regala nada. No hay gente aclimatada ni con nivel técnico para subir por la ruta que han abierto esos chicos. Nuestra situación es una putada. No tenemos posibilidades, pero a pesar de todo debemos intentarlo”. Transmití estas reflexiones a Ortas y nos pusimos a buscar desde Huesca y en Skardú alpinistas que anduvieran por la zona. Tres norteamericanos llegaron al motel: Fabrizio, Chris y Dave, que bajaban del K2. Fabrizio había escalado la temible pared del Rupal y tenía experiencia en rescates en EE UU. Con su oferta de colaboración renació la esperanza. Todo pasaba por la actitud de los pilotos de la base de Skardú.

 

El día 11 amaneció radiante, lo cual no dejaba de preocuparme: sabía que más temprano que tarde la tormenta se abatiría sobre las montañas y el rescate debería cancelarse. Las tormentas en el Karakorum, a 6.500 metros y con el otoño en puertas, no tienen ni punto de comparación con las peores de los Alpes. Fabrizio logró llegar al campo base y hacer con Álvaro un reconocimiento exhaustivo de la montaña. Puesto que los pilotos descartaban cualquier tipo de maniobra para dejarlos en el collado, creían que lo mejor era que ellos dos subieran en estilo alpino hasta donde Óscar se encontraba. Pero, en Huesca y Skardú, enseguida vimos la debilidad del plan: tardarían en escalar al menos cinco días, los que habían tardado Óscar y Álvaro, pero más cargados, con medicamentos, comida y material, y no tendrían posibilidad de bajar con Óscar. Habían pasado casi siete días desde el accidente. Médicos consultados en Zaragoza dijeron que a Óscar, en el caso de que siguiera vivo, apenas le quedaba tiempo. La clave era la falta de hidratación: con los dos cartuchos de gas apenas tendría energía para derretir nieve y proporcionarle agua unos pocos días. Al finalizar el día 12, aparecieron en Skardú, con los pilotos de los Lama, Fabrizio y Álvaro. Por fin podía ver a aquel joven alpinista con el que llevaba dos días hablando. Le abracé como si nos conociésemos de toda la vida. Luego discutimos las maniobras que pondríamos en marcha al día siguiente. Mientras hablábamos, le observaba mirarse la punta de sus dedos congelados, pero él tenía la vista perdida, seguramente, en el instante en que dejó a su compañero Óscar Pérez.

 

Con la ayuda de Iftijar, el lento ritmo paquistaní parecía acelerarse. El presidente Zapatero telefoneó al presidente Zardari de Pakistán para rogarle que agilizase los trámites de ayuda, y el embajador de España, Gonzalo Quintero, habló en persona con el general Kayani, jefe del Estado Mayor del Ejército paquistaní. La orden era que los helicópteros nos aproximasen a la montaña cuanto les fuera posible.

 

Al día siguiente llegaron cinco magníficos alpinistas españoles de refuerzo: Jordi Corominas, Dani Ascaso, Simón Elías, Jonatan Larrañaga y Jordi Tosas. Aunque no contaban con la aclimatación necesaria para subir del tirón a 6.500 metros, podrían ayudar hasta el collado sur. El jueves 13, a pesar del número, todo salió perfecto. Llegó el equipo español al aeropuerto de Islamabad, los recogió mi buen amigo Juanjo Giner, de la embajada española, y los trasladó a una base militar desde donde un MI-17 los llevó a Skardú. Los helicópteros descartaban una operación de salvamento desde el aire, así que debíamos recurrir a un rescate clásico, con nuestras propias fuerzas. Álvaro y Fabrizio habían diseñado los pormenores de la escalada por el sur. No había tiempo para más. Traté de transmitirles el mismo ánimo que el día antes me contagiaron Noelia y Silvia, la hermana y la novia de Óscar. Esas dos mujeres, a las que sólo conozco por teléfono, vivieron un drama personal con una dignidad y entereza que muy pocas personas poseen. Si ellas irradiaban empuje y fuerza, nosotros no podíamos ser menos.

 

Todos habían llegado a igual conclusión: las posibilidades de rescatar con vida a Óscar eran mínimas. En unas horas pasaron de estar en España a encontrarse a los pies del Latok II. El día 15, las dos cordadas que estaban en cabeza fijaron 1.700 metros de cuerda en la empinada pared de hielo que separa el glaciar Uzun Bral del collado. Por la tarde me transmitieron una mala previsión del tiempo: una borrasca se acercaba rápido y con intensidad. Ése sería el fin. En el campo base, los americanos también eran pesimistas: calculaban al menos tres días más de buen tiempo desde el collado (aunque cinco parecía un cálculo más realista) para llegar a la repisa. En realidad, todos éramos conscientes de que las mayores dificultades de la pared comenzaban a partir de ese punto, como el propio Álvaro había confirmado. La vuelta no nos atrevíamos a predecirla por la complejidad. En cualquier caso, si entraba el mal tiempo nos situaríamos en no menos de 18 días para encontrar a Óscar. Y nadie, ni siquiera el más optimista, imaginaba que pudiera resistir tal cantidad de días, multifracturado, en estado de agotamiento, sin medicinas, ni agua, ni comida. De todas formas, esa tarde la pasamos buscando por los bazares de Skardú los 2.500 metros más de cuerda necesarios y se la enviamos al campo base con algo de comida. Mientras no llegase la borrasca, seguiríamos trabajando. A veces, las previsiones en el Himalaya, por la complejidad de su orografía, divergen de la realidad. Nos agarrábamos a un clavo ardiendo…

 

Desgraciadamente, los cinco días siguientes fueron exactos a lo predicho. El 16 por la mañana, el último que se trabajó en la pared, Tosas y Álvaro dieron una lección de valentía. Tras un esfuerzo extenuante, tirando ambos de cabeza más que de músculos, lograron fijar 700 metros más de cuerda que nos dejaban al pie del comienzo de las mayores dificultades de la ruta. No sirvió de nada, pues ese mismo día, según descendían al campo base, entró el temible mal tiempo del Karakorum. Los termómetros en Skardú descendieron 15 grados por la noche. No había posibilidad de llegar a Óscar antes de otros cinco días. Fue un mazazo, la realidad se imponía a nuestros deseos. Pero, antes de suspender la operación, Simón Elías, que había regresado a Skardú al no aclimatarse bien, y yo pedimos a Lorenzo que nos diera unas horas más para mirar minuciosamente las gráficas de viento, temperatura y humedad, para ver si había alguna “ventana” y poder seguir. No hubo ninguna.

 

Y fue Lorenzo quien nos pidió unas horas para comunicarlo antes a la familia. De acuerdo los tres grupos, campo base, Skardú y Huesca, emitimos un comunicado: se suspendía el rescate. Llegamos a esa conclusión de forma natural. Es una de las decisiones más dolorosas que he tenido que tomar en mi vida. El mal tiempo puso punto final a la temporada del Karakorum. El helicóptero ya no pudo siquiera ir a por las personas del campo base. Regresaron caminando hasta Skardú. El día 20 decidí que ya era hora de volver a las montañas. Necesitaba encontrar respuesta a preguntas dolorosas. Nunca te acostumbras a la cercanía de la muerte. Necesitaba caminar solo por la montaña y recordar por qué hace tantos años elegí esta vida. Pedí permiso a mis compañeros para irme esa tarde a Hushé. No me necesitaban para los tristes y engorrosos trámites de la policía, y de la comunicación en España se podían encargar Simón y Lorenzo.

 

Habíamos perdido, pero creo que dimos un ejemplo de solidaridad en una contrarreloj (contra la montaña, la burocracia, un sinfín de problemas) que perdimos. Ésa es la realidad: nos dejamos la piel, pero perdimos. Yo era consciente de las pocas posibilidades, pero si un montañero te pide ayuda, no tienes otra opción salvo intentarlo. Estos avatares nos unen con sentimientos que surgen en momentos en que se pone en juego la vida. Me despedí con la serenidad de viejos amigos unidos en la derrota. El último abrazo se lo doy a Álvaro. Su mirada sigue allí, dentro de las montañas, al otro lado del Indo. Le digo que vuelva al Karakorum, y que no tiene nada que reprocharse. Sus decisiones fueron correctas. No pudo hacer más. Lo milagroso es que él regresara. Pero eso es quizá lo que le resulta más inaguantable. Le costará tiempo responderse a la pregunta de por qué fue él el elegido. Le será difícil seguir adelante con estos recuerdos. Pero un tipo capaz de sobrevivir a una historia como la vivida es capaz de todo.

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